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PREMIO MOSAICO

                                              

EL SUSTO                                     

  “… el término susto que significa impresión repentina del ánimo por sorpresa, miedo, espanto o pavor, equivale a enfermedad…enfermedad que puede conducir a la muerte…. Esta transferencia semántica sólo puede existir en una sociedad donde los sectores populares tienen profundamente arraigada la creencia de que en cualquier momento sus vidas pueden pasar a ser gobernadas por fuerzas sobrenaturales malignas, fuerzas que conviven sólo como fuentes de miedo, terror, espanto, pánico, puntos de partida del tránsito « de la enfermedad hacia la muerte ». Isabel Gálvez Astorayme, Antonio Gálvez Ronceros,  Ideología y prácticas acerca de la muerte como culminación del ciclo vital del hombre en el valle de Supe

Fiel a la cita que Illari le había dado allí al atardecer, Yannick se había sentado al pie de  la higuera, junto al estuche que contenía su instrumento. Illari había sido su guía durante su visita a Caral, la ciudad constituída por explanadas,  pirámides y anfiteatros que, cinco mil  años atrás, dominaba el valle del río Supe, ese oasis de arbustos y plantaciones de algodón, surgido de la nada, en el desierto de la costa peruana. Cuando por acción del rojo globo solar que empezaba a descender, la silueta de la higuera empezó a prolongarse en dirección del oriente, cubriendo a Yannick con su sombra, éste creyó divisar en la cima de la colina que se elevaba delante de él, la silueta de la guía : Se la imaginó como recordaba haberla visto, envuelta en su soldadesca túnica gris, con sus ojos negros que no traicionaban ninguna emoción, ni siquiera cuando la había sometido al suplicio de su interrogatorio crítico sobre las diversas interpretaciones sobre sacrificios, ofrendas y calendarios astrológicos que ella había dado de los aspectos más misteriosos del sitio.  Apenas se había permitido esbozar una sonrisa, cuando al fin él le preguntó si era estudiante de arqueología. Ella había entonces respondido: « No, participo en el proyecto como habitante de la zona » . Y él : « Entonces, ¿conoces este lugar desde pequeña ? ». « No,  cuando era una niña, esto eran solamente colinas y yo venía aquí a apacentar mis ovejas y mis cabras ». Enternecido por esta confesión, Yannick había manifestado su interés por la muchacha, excusándose por sus preguntas que calificó de impertinentes y diciendo que, por el contrario,  debía felicitarla por sus conocimientos. Su única respuesta había sido, además de la larga mirada que clavó en sus ojos, la sorprendente cita al pie de la higuera. ¿Le habría de pronto gustado el gringo rubio ? Yannick no tenía por qué ahondar en los motivos de este repentino giro. La silueta se había acercado y Yannick vio que era un perro cuya masa negra estaba ahora muy cerca de él, dispuesto, tal vez, a morderle. Sus ladridos lo despertaron. ¿Se habría quedado dormido ? La noche ya había caído. En la oscuridad desierta no se manifestaba ni un alma, ni siquiera el perro, que resultó haber sido sólo producto de su sueño. Pero en el mismo instante que se hizo esta reflexión, el perro estaba nuevamente allí, mirándolo fijamente con sus ojos castaño oscuro, como si quisiera comunicarle algo. ¿Pero qué ? Una vez más sus ladridos lo despertaron. Y al despertar el perro había desaparecido otra vez. Yannick se levantó frotándose los ojos. Empezaba a acostumbrarse a la oscuridad. Podía ver mejor y más lejos. Hasta percibía ciertos detalles, formas de piedras y de vegetación en la falda de la colina. Esto le recordó una experiencia que había vivido, hacía una quincena de años, en Lima. En aquella época no era más que un saxofonista novel. Fernando, un amigo algo mayor que él, que acababa de terminar sus estudios de química, le había hablado del « San Pedro », un cactus alucinógeno que utilizaban los curanderos. Dándose cuenta de su interés, Fernando le había acompañado a un mercado indígena donde compraron el cactus. De vuelta a su casa, Fernando le había mostrado cómo había que cortar la planta longitudinalmente, aislar enseguida la parte verde de la pulpa eliminando lo blanco,  hacerla hervir  hasta que se evaporase todo el agua para, finalmente, reducirla a una compota pegajosa. Había añadido luego una gran cucharada de miel –« para el gusto »- y le había hecho tragar la masa verde. « Coge ahora tu saxo y paséate por la Costa Verde y, ah, sí, llévate también la llave de la casa… cuando vuelvas me contarás ». Fue una aventura que le procuró al joven Yannick la revelación de las  posibilidades insospechadas de su percepción. Sentado sobre una roca saliente que dominaba la ruta a lo largo de la playa, había visto el mar, sus olas, pero no solamente las que venían a reventar en la costa, sino también las que se elevaban a lo lejos, en el horizonte, con todos sus detalles de ondas que se erigían y se descomponían en innumerables parcelas espumosas. Después, había sacado cuidadosamente el instrumento de su estuche y empezado a tocar. Tal como había tocado al volver a la casa de Fernando, a solas, un tiempo indeterminado. Reparando en un pequeño magnetófono, en un momento dado se había puesto a grabar. Lo recordaba como si fuese ayer. Había ejecutado un motivo, contorneándolo primero y dividiéndolo después en todas sus salidas posibles, lentamente, con la aplicación del principiante que era. Al día siguiente, en el desayuno, escuchó la grabación con Fernando. Había tocado a una velocidad vertiginosa, totalmente por encima de sus posibilidades técnicas de entonces. El tiempo, obstructor de todo movimiento, de pronto se había vuelto su cómplice, anticipando, en un momento de gracia, lo que él podría hacer un día a golpe de ejercicio y entrenamiento. Todo sería desde entonces algo mental para él. La música sería, ante todo, cuestión de concebirla bien. Luego, a fuerza de repetición de lo captado, la música que ahora lo habitaba, tendría – poco a poco- la misma virtud que ese milagro más allá del tiempo, experimentado bajo el efecto de una poción verde. Mirando fijamente los detalles de la colina que tenía enfrente, Yannick estaba absorto en sus pensamientos. Una voz lo sacó bruscamente de su sopor. Era una voz de mujer. Lloraba. Yannick volvió la mirada. No vio nada frente a él. Tampoco nada a los lados. Sola, en la cima de la colina, una forma blanca aparecía ante sus ojos agitándose como una bandera. Pero el sonido no venía de allí. La llorona, él la había escuchado detrás de él y ahora estaba allí, delante, sobre esa maldita colina a cuya ascensión una especie de fantasma parecía estar invitándole. Y esta Illari que parecía haberle dado plantón! ¿O sería ella que, desde el fondo de la noche, le hacía señas ? Yannick se puso en movimiento. Caminó hacia la colina donde, detrás de la especie de paño blanco, percibió también un resplandor rojizo. Al cabo de un momento sintió una presión, como si alguien quisiera detenerlo. Una fuerza, como si tuviese el viento en contra y le empujase hacia atrás. Alguien o algo que trataba de disuadirlo de ir hacia allí. Sin embargo, no hizo caso y empezó a subir la colina. 

El llanto parecía haber desaparecido. Pero otros sonidos, más aterradores aun, empezaron a oirse; flautas, reconoció, e instrumentos gangosos, que se mezclaban con golpes de tambor y gritos estremecedores.  Yannick sintió que el pánico le ganaba. El pelo se le erizaba. Todo su cuerpo temblaba, sin poder evitarlo, como si alguien lo sacudiese. A medida que se acercaba a la cima de la colina, la siniestra música se hizo más nítida. Al llegar a lo alto, Yannick no vio una, sino varias formas blancas que resultaron ser ropas agitadas por personas que emitían lamentos al ritmo de tambores y al son de flautas traversas y cornetas que  alternaban a trompicones tonos formados por quintas y cuartas.  Yannick  se quedó helado contemplando, a la luz de una gran fogata que ardía en una segunda colina situada enfrente de la que acababa de escalar, una escena alucinante. Un grupo de gentes desnudas se contorsionaban al interior de un recinto idéntico –recordó- al anfiteatro que había visto al mediodía en el sitio arqueológico de Caral. Alrededor del cercado de piedra se veía, de pie, a los músicos vestidos con túnicas blancas ribeteadas en rojo. La serenidad de su semblante contrastaba fuertemente con el frenesí del bacanal que animaban con sus instrumentos. Repentinamente el bullicio paró. Una voz en registro alto – Yannick no sabría decir si era de hombre o mujer – se elevó en lo alto de la colina de enfrente. Era la gran pirámide, constató Yannick, la misma que había contemplado en compañía de Illari unas horas antes, pero ya no era el edificio en ruinas reconstruído por los arqueólogos, sino la pirámide de cinco mil años atrás, tal cual había lucido en el apogeo de la civilización que la erigió. En el anfiteatro todos los danzarines se habían vuelto en dirección de la voz que –pudo distinguir- pertenecía a una persona de gran estatura que llevaba un largo vestido blanco. Tenía la mitad del cráneo afeitado, dejando la parte trasera cubierta por una larga melena negra. La voz cantaba. Era una melodía larga y sinuosa que desprendía una inmensa tristeza. Yannick sintió ganas de sacar su instrumento y se vio haciéndolo un instante después. No encontró ninguna dificultad para captar mentalmente la melodía. Era como si fluyese de él mismo o, más bien, -lo que era igual- del instrumento que era su propia prolongación. El grupo de bailarines, precedido por los músicos, se dirigió hacia la pirámide. Yannick les siguió sin dejar de tocar su saxo, como si fuese lo más natural del mundo, subiendo una por una las gradas detrás de ellos. Al llegar a la cima, el cantante se detuvo. Los músicos formaron dos filas delante
del fuego dando paso a los bailarines. Estos colocaron las prendas de vestir en las llamas y se instalaron detrás de los músicos. Al término del extraño ritual , el cantante, que debía de ser el oficiante, levantó los brazos en señal de recogimiento. El silencio se había instalado, con excepción de los sonidos del saxo que Yannick intentó ahogar. El oficiante se dirigió hacia él, haciéndole una seña para que continúe. Y Yannick tocó como nunca antes, modulando su melodía inicial en una sucesión de motivos repetidos, luego rítmicamente variados, hasta que, poco a poco, vio cómo los serios rostros de los participantes se relajaban;  vio  incluso aparecer una mueca de sonrisa en algunos labios, hasta la sonrisa abierta que agrietó el rostro del oficiante. Fue en ese momento que éste le indicó parar. Yannick obedeció. A continuación el oficiante dio una breve orden a algunos de los asistentes. Estos se alejaron y volvieron con tres grandes cántaros. En uno de ellos metieron las cenizas de las ropas quemadas, los  otros dos ya estaban ocupados. El oficiante comenzó nuevamente a cantar, retomando los motivos que Yannick había improvisado y, lo que era más impresionante, retomándolos de manera idéntica. Hecho esto, descendió solemnemente la pirámide. Todos lo siguieron, los que portaban los cántaros en primer lugar, luego los músicos y a continuación el resto del cortejo. Al final, saxo en mano, Yannick.      La procesión se deslizó como una serpiente por uno de los tres caminos adoquinados que, a partir de las tres pirámides del sitio, se unían en una rotonda. Al llegar allí, el cantante se situó en el centro. A sus pies fueron colocados dos de los cántaros. El tercero, que contenía las cenizas, fue  vaciado alrededor de él. Los participantes de la ceremonia se inmovilizaron después de haber formado un círculo, evitando pisar la superficie cubierta de cenizas. Cuando Yannick llegó a la rotonda, la música paró. Pero no solamente ella. También el fuego se había apagado y, como por encanto, el cortejo había desaparecido. Yannick se acercó al oficiante que debía de haberse quedado en el centro, imprimiendo, sin querer, las huellas de sus mocasines en las cenizas. Esta situación le pareció demasiado irreal y quiso tocar la forma inmóvil que se erigía frente a él. Bajo la caricia que trazó su mano derecha, descubrió con gran sorpresa el mismo perro negro de hacía un momento. Sus ladridos lo despertaron. Vio que los dos cántaros seguían allí. Inclinado sobre Yannick, se hallaba repentinamente un cuerpo de mujer, desnudo. Oyó una voz que le era familiar, la de Illari : « ¡Estoy tan feliz de que hayas venido ! ». 
Yannick la contempló en silencio, deslizando su mirada sobre su cuerpo que, de pronto, se le ofrecía. Era ésta una persona totalmente diferente de la tímida guía de formas femeninas escondidas bajo sus ropas, que, más que evocar, le había enumerado las maravillas del sitio de Caral. Y, además, la nueva Illari le sonreía. Sus labios, observó, estaban teñidos de rojo, su rostro, maquillado con un polvo que la blanqueaba ligeramente. Sus ojos brillaban con malicia. -¿Pero por qué no estabas allí al atardecer? Sabías bien que te esperaba al pie de la higuera… Illari posó el dedo índice sobre sus labios. Luego le ayudó a levantarse y le tendió los brazos para estrecharlo contra sí. Yannick se dejó caer como en un abismo.       El perro apareció nuevamente enseñándole los dientes. Yannick se dio cuenta de que una vez más había sucumbido al sueño. Pero un momento más tarde Illari había vuelto, llevando esta vez un largo vestido negro. Sintió su mirada emocionada que le envolvía. ¡Cuánto amor en aquellos ojos !… Pero, ¿Con qué fin ? La mujer se  dirigió hacia uno de los dos cántaros, extrajo un trozo de carne y se lo ofreció : - « ¡Es carne de llama ! » y luego «  Mi familia quiere que me vaya con la barriga llena…. » Yannick mordió y masticó la carne. A su vez, introdujo sus dos manos en el otro cántaro. Era chicha fermentada. Elevó sus manos en forma de copa hacia la boca de Illari y ésta vació el contenido de un trago largo. Comieron y bebieron en silencio. Cuando terminaron, Yannick quiso preguntarle por qué tenía que abandonar su hogar. En vez de responderle, Illari le ofreció sus labios. Yannick no pudo resistirse y se precipitó en un sueño ya sin apariciones. Esta vez, cuando el perro lo despertó, Yannick se vio de nuevo al pie de la higuera, el estuche del saxo cerrado a su lado.  Por un instante, creyó que la higuera bajo la cual se había dormido, se había estirado de golpe. Pero mirando más de cerca, nada parecía haberse movido. Todo estaba como lo había encontrado cuando se hubo instalado allí la noche anterior. Excepto por el perro que seguía allí y que con sus gemidos parecía querer enseñarle algo. Yannick lo miró más de cerca. Era bello y musculoso, de tamaño mediano. Tenía pelaje corto y brillante. « Él », pero había que decir más bien « ella », porque era una perra, observó en ese momento. Una Dobermann, concluyó. Pero ¿qué hacía esta perra de raza alemana en este hueco en pleno desierto peruano ? Era ya de madrugada. La Dobermann seguía gimiendo con insistencia, clavando sus dientes en la tela de su pantalón. Yannick se puso de pie. Se estiró para desperezarse. Cogió su estuche y se puso a caminar en la dirección que la perra le indicaba : una plantación de algodón. El animal se precipitaba hacia el horizonte por donde el sol empezaba a asomarse, exhortándolo con incesantes vaivenes a darse prisa, lo que obligó a Yannick a correr.  Estaba jadeante cuando surgieron las humildes naves de una pequeña granja. La Dobermann se había detenido delante de la puerta cerrada de lo que parecía ser la construcción principal. Parecía esperarle allí. Yannick vio que la casa estaba rodeada de cenizas. Delante había dos cántaros parecidos a los que había vaciado en sueños con Illari. Vio las huellas de las patas de la perra y dudó si atravesar el espacio circular cubierto de cenizas. Pero entonces la puerta se abrió y  la perra se dispuso a entrar. De un salto, Yannick se le unió en el umbral. Cuando lo atravesó, la silueta de la Dobermann se esfumó ante sus ojos. En el interior lo primero que vio fue un cordel sobre el cual secaban ropas de mujer, vestidos, blusas, medias, lencería y también pantalones, dos de los cuales de color gris. No fue sino después que vio que había gente sentada en sillas o en cuclillas en los rincones de la pieza, tres hombres y dos mujeres de cierta edad y un hombre joven; el mayor de los hombres estaba vestido de blanco. Apenas si reaccionaron ante su llegada, como si lo considerasen una aparición sin verdadera realidad, limitándose a alzar la mirada, contemplándolo con ojos sombríos. Yannick, sin saber qué hacer, se quedó inmóvil a la entrada de la pieza. Quiso disculparse, pero el hombre sentado a su izquierda se lo impidió espetándole, con aire irritado : « ¿Por qué viene aquí a molestarnos, no sabe que ella está muerta ? » -¿Quién ? Se le escapó y Yannick se ruborizó en el acto por su impertinencia. -Illari, pues, mi pequeña !… El hombre no pudo contener las lágrimas. Al escuchar aquel nombre, que era también el de su misteriosa guía, Yannick, a pesar del enfado, no pudo evitar preguntar una macabra precisión : -¿Cuándo murió ? Fue ahora el hombre joven que respondió : -¡Hace ocho días ! No ve que estamos celebrando hoy el ritual de despedida? Mentalmente, Yannick reconstituyó  los hechos que acababa de observar: las cenizas esparcidas alrededor de la casa, los vestidos de la difunta, lavados y puestos a secar. Aquello debía de ser una ceremonia, tal vez, para purificar la casa de la fallecida. Y las cenizas alrededor, una forma de disuasión para que, una vez expulsada de aquella, no volviese más sobre sus pasos. Reflexionó un instante en los extraños eventos de la noche anterior y decidió callar. Pero, ¿y la guía que le había mostrado el sitio de Caral durante el día ? -¿Illari, se llamaba ? ¿ Era la guía de Caral ?… Fue de nuevo el joven del grupo que le contestó: - Mi hermana trabajaba allí conmigo. Cuando no ayudaba a limpiar las ruinas, guiaba a los turistas que vienen a veces a visitarnos. Yo, yo trabajo en la taquilla, añadió. Yannick se acordaba de un chico que registraba a los visitantes y les vendía, después de la visita, camisetas y tarjetas postales. Cada vez más turbado, Yannick quiso confirmar su corazonada y preguntó si podía quedarse un momento con ellos. Al cabo de un momento, el padre de Illari asintió con la cabeza indicándole el único sillón que amueblaba la habitación y que nadie ocupaba. Yannick se sentó y guardó silencio uniéndose aparentemente al duelo de los otros ocupantes de la pieza. Se quedó así durante horas. Nadie hizo nada. Todos parecían esperar algo.      En la cabeza de Yannick los pensamientos se arremolinaban. ¿Quién era entonces la muchacha que le había mostrado el sitio y qué relación tenía con las cosas que le habían ocurrido durante la noche ? Esperó una eternidad antes de arriesgar una nueva pregunta. Se dirigió al hermano de Illari, que le había parecido el más receptivo a sus interrogantes : -¿De qué murió su hermana ?… El hermano vaciló un momento, luego,
como despechado, espetó: -¡De un susto! Yannick meditó un instante la extraña respuesta y luego aventuró nuevamente : 
-¿Murió de miedo ? -No de miedo, realmente. Se trata más bien de un sortilegio que le cayó allá, una tarde, cuando volvía a casa después de trabajar en el sitio … cerca de la higuera, escuchó a una llorona … Incómodo, Yannick, que recordaba los sollozos que él mismo había oído cerca de la que quizás era la misma higuera, continuó indagando : -¿Y esa llorona le hizo morir ? 
-Se apropió de su alma. Encontramos su cuerpo el día siguiente a la sombra de la higuera. -¿Y han hecho algo para evitar que esa llorona haga daño a otras personas ? -Hemos exorcizado el lugar. -¿De qué manera ? -El orador –hizo un gesto en dirección del hombre de blanco- frotó su cuerpo con dos pimientos rojos que enterró después en forma de cruz al pie del árbol. -¿Y qué efecto puede tener ese exorcismo ? Por toda respuesta recibió una frase incomprensible que le fue endilgada por el orador en forma de risitas. Yannick sintió que se había vuelto indeseable. Se levantó, cogió su estuche y se dirigió a la salida. El padre de Illari se puso de pie a su vez y le abrió la puerta. ¿Quería, acompañándolo, mostrar que su presencia no había sido tan inoportuna como creía ? Yannick no sabía qué pensar. Una vez fuera, se encontró de nuevo con la Dobermann que dirigía su silueta negra y esbelta hacia el firmamento, donde el sol ya declinaba suavemente. ¿Le habría estado esperando todo este tiempo ? Atravesó el círculo de cenizas. El padre de Illari, a su vez, lo salvó de un salto que le hizo aterrizar justo entre los dos cántaros. Se inclinó sobre cada uno de ellos y luego miró a Yannick con aire satisfecho.  -¡Están vacíos ! dijo a manera de adiós. Luego, tras una larga mirada a las cenizas sobre las que, además de las huellas de la perra, se veían ahora también las de los mocasines de Yannick, ganó con un nuevo salto el umbral de su puerta que ahora cerró sin preocuparse más de nada. Un gemido indicó a Yannick que había que seguir una vez más a la Dobermann. Lo hizo, pero ya sin correr. La perra se había tranquilizado. Quizás se había encariñado también con él. ¿Lo consideraría su amo ? Como quiera que fuese, el camino de regreso, porque la perra parecía conducirle al mismo lugar del que había partido, parecía ahora un paseo crepuscular y Yannick se sintió aliviado. Este alivio se tranformó en inquietud cuando vio aparecer nuevamente la higuera. Parecía haberse empequeñecido. Al acercarse para ver mejor, observó que se había acurrucado. La perra se precipitó hacia el lugar donde estuvo sentado la noche anterior y comenzó a rascar febrilmente con sus ágiles patas. Cavó un hueco. Un ladrido triunfal le señaló el motivo de su excavación. Eran dos pimientos rojos en forma de cruz. Aquellos que el orador habría enterrado allí. Anochecía nuevamente. El sol se había diluído en una salsa roja y malva que manchaba las nubes. Un viento tibio se había levantado con fuerza. Yannick juzgó que no era prudente quedarse allí e hizo ademán de marcharse. De un salto la Dobermann se plantó delante de él, gruñendo, mostrándole los dientes. Definitivamente, no quería que abandonase el lugar. ¿Qué hacer ? Hizo un nuevo intento, pero la perra no cedió ; le mordió el pantalón, dispuesta a atacarle si daba un paso más. Yannick no quiso enfrentársele y se resignó a sentarse al pie del árbol, igual que hacía veinticuatro horas.  Para distraerse –o para vencer su miedo- desenvainó su saxo y se puso a tocar. ¿Era la melodía que había tocado en sueños la noche anterior ? La-do-re-mi-sol, la gama pentatónica, debía de ser la base. Pero se le habían añadido adornos, esas cuartas, la-re-la-re y la última nota que, devuelta, se convertía en una quinta : re-laaa ! Y, entre una cosa y otra, se olvidó de lo que estaba tocando. Tocaba, simplemente, y era como si el viento que se arremolinaba alrededor de ellos, es decir, de él, del árbol y de la perra, ese triángulo al que Yannick se sentía incorporado, los elevase en el aire. Era ya noche oscura cuando dejó de tocar. El árbol, advirtió, se había enderezado. Acomodó su instrumento y la Dobermann que se le había acercado como para calentarlo, comenzó a lamerlo. Yannick la recibió con gratitud en sus brazos. Pero la perra se mostró extrañamente entusiasta ante su abrazo. La quiso mantener a distancia, pero no lo consiguió. Sintió nuevamente su lengua que le humedecía el rostro y vio brillar sus dientes blancos cuando todo  se volcó… Illari estaba allí ahora. Su cuerpo desnudo le cubría con su calor, sus labios estaban pegados a los suyos y sus brazos lo enlazaban en un abrazo del que, él sabía, ya no podría liberarse jamás. El día siguiente, de madrugada, un extraño trío se acercó a la higuera. Un viejo vestido de blanco acompañado de dos hombres. Uno de edad madura. El otro, no tenía más de veinte años. No parecían sorprendidos al momento de descubrir el cadáver del hombre rubio. El viejo vestido de blanco alzó la cabeza del muerto y mostró a sus acompañantes la herida marcada de sangre coagulada que se veía en el cuello. -Lo habrá mordido un perro salvaje, fue su único comentario, que acompañó de un meneo de cabeza significativo. 

Publié dans:premio mosaico |on 28 juillet, 2008 |Pas de commentaires »

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